ATITLÁN, SANTA CATARINA PALOPÓ, VILLAS B’ALAM YA: 17, 18, 19, 20 de septiembre 2009









CENA PARA DOS. CELEBRACIÓN DE MI CUMPLEAÑOS


Había planificado pasar mi cumpleaños fuera de la capital y me decidí por Atitlán. Me dediqué a buscar hoteles alrededor del lago y por medio de una revista Revue encontré este lugar.



17 de septiembre
Salimos el 17 a las 9.00 a.m.; ya en el camino hubo necesidad de hacer una parada técnica, lo hicimos en la Casa Suiza y aprovechamos a tomar sendas tazas de café.

Tomamos la carretera que conduce hacia Quetzaltenango, ya que la vía más corta por Patzún es de más vueltas y me mareo; y como la carretera hacia Quetzaltenango está en eterna construcción, (hay paradas de una o dos horas) tuvimos suerte porque sólo esperamos como tres minutos. Al llegar a Panajachel fuimos al embarcadero a reservar un tour para el día siguiente alrededor del lago; luego fuimos a almorzar al Tocoyal, caminamos un poquito por la playa, por la calle Santander, para luego irnos a buscar la ubicación de las Villas.

Camino a Santa Catarina Palopó, exactamente en el Km. 4 en el lado derecho, está la entrada que es una bajada muy angosta y pronunciada donde hay que maniobrar varias veces el timón para poder continuar y llegamos a las Villas B’alam Ya , que en idioma cakchiquel quiere decir “El Gran Jaguar del lago”. Seguramente cada uno de nosotros tenemos una idea de lo que es el paraíso, pero todos coincidiríamos en este punto de encuentro. Nos recibió Javier, un muchacho guatemalteco recién graduado en Costa Rica en Hotelería y Turismo, quien según nos contó, hace 6 meses se hizo cargo de estas Villas. Nos mostró la nuestra, con la cual quedamos sumamente complacidos por su confortable belleza en medio de la naturaleza; nos abrió la Casa Grande que está condicionada para 4 personas, con un gusto exquisito y un confort del primer mundo.

Luego de acomodar nuestras pertenencias, nos dirigimos en medio de caminitos de piedra llenos de naturaleza colorida, con el lago iluminando en el reflejo nuestro camino enmarcado por las majestuosas montañas, cerros y volcanes. Así, llegamos al placer para dos: el jacuzzi, donde las aguas revoltosas masajeaban el cansancio, clarificaban las ideas y nos recordaban que todos tenemos derecho a un momento escogido por los dioses.

Con la semi noche como escenario, volvimos a nuestra Villa, vimos una película decepcionante en la laptop: "Juego de Viernes por la Noche", y afortunadamente a la mitad, llegó el chef y nos cocinó como si sus manjares fueran para el Olimpo: spaghetti con salsa de carne y queso rallado, aceitunas, berenjena fría. Como no como carne y Guillermo no come queso, ambas las sirvieron separadas y cada quien le puso lo suyo. Abrimos una botella de vino tinto y al terminar de cenar pasamos en cámara lenta cada uno de esos maravillosos instantes del día de mi cumpleaños. Yo dormí enropada entre nubes mientras él degustaba su última copa de vino, y protestaba por tan nefasta película.



18 de septiembre

La realidad sonó a las 6.45 a.m. De ahí en adelante todo fue de prisa, vino Doña Lucía a hacernos un exquisito desayuno que nos sirvió en la Casa Grande y aprovechamos para tomarle fotos por dentro y por fuera.


De ahí al carro, del carro al embarcadero, luego un microbús que nos llevó a otro embarcadero y a las 8.30 a.m.en punto compartíamos un lanchón con aproximadamente unas 20 personas entre extranjeros y nacionales. Empezamos recorriendo el lago y el primer pueblo que visitamos fue San Pedro la Laguna, tierra donde se filmó la mayoría de escenas de la película "Donde Acaban los Caminos", del recordado Mario Monteforte Toledo. Se nos informó que íbamos a permanecer una hora para conocer el pueblo. Debido al frío del trayecto fuimos a buscar un chal y Guillermo me regaló uno de color verde que iba con mi amplio vestido de la misma tonalidad de colores.


SAN PEDRO LA LAGUNA

Caminando por sus callecitas encontramos una diminuta puerta que era un café bautizado Shanti Shanti. ¡Oh sincronía! como el pseudónimo que adopté en mis blogs. Entramos a tomar un café y nadie creería desde el exterior, lo acogedor y la bella vista que tenía ese lugar.

SHANTI SHANTI ¿Sincronía?


De regreso en el lanchón recorrimos el lago por varias horas hasta llegar a Santiago Atitlán. El pueblo nos recibió con una amplia plaza, llena de vendedores de artesanías, ofreciéndonos tours para ir a ver a Maximón y hacia arriba se dibujaba la calle multicolor de la artesanía tzutuil hecha por las manos heróicas del primer pueblo guatemalteco que tuvo la osadía de sacar a la primer base militar de su territorio. Era tanta la belleza que se me antojó comprar un morral. Habían tantos: pequeños, medianos, de bordados múltiples, sin bordar, que en medio de aquella fantasía de colores, sin saber porqué me enamoré tan solo de uno. Lo tomé, regateé , como es la sabrosa costumbre guatemalteca, y Guillermo me lo compró.



CURIOSEANDO ENTRE ARTESANÍAS INDÍGENAS GUATEMALTECAS


Como el almuerzo se vislumbraba tarde, compré unas galletas para engañar el estómago y nos dirigimos a tomar un café. Vi unos aretes preciosos, de a Q15, los compré, los lucí, los coqueteé y en mi única ida al baño, se perdió uno. El muchacho que los vendía, muy gentilmente me ofreció otro, prometiendo que él encontraría al perdido, pero ordenando las cosas de la mesa entre mi sombrero, se encontraba jugando a las escondidas, el arete perdido.


RESTAURANTE NUEVA OLA EN SANTIAGO ATITLÁN


Volvimos al lanchón, mientras todo aquello que nos sorprendía era registrado en imágenes por la cámara, para luego adornar este blog. Nos embarcamos hacia San Antonio Palopó; el clima era bipolar, a veces tan frío que el lago estornudaba en nuestra cara y otras tan caliente, que nos llenaba de sonrojos la piel. De pronto otro lanchón a toda velocidad nos alcanzó y nos devolvió a una pareja de turistas olvidados. De ahí hasta San Antonio entre el clima, y la belleza nos emborrachó la imaginación hasta cerrar los ojos y creer que lo vivido era un sueño, pero al despertar, nos recibió la belleza del volcán Santiago, custodiado por San Lucas Tolimán, en medio, pequeño pero orgulloso, el Cerro de Oro y al fondo el majestuoso Volcán de San Pedro.


Curiosamente, San Antonio Palopó es un pequeño pueblo inclinado viendo hacia el lago, a la par de donde estábamos hospedados, es decir, en Santa Catarina Palopó, tan cerca y tan lejos. A estas alturas, el hambre ya apretaba y el cansancio nos envolvía. En primera instancia, las instrucciones fueron que deberíamos permanecer 15 minutos en el pueblo, para luego de algunas protestas de los turistas, se extendía a media hora.


Nos dirigimos al hotel más cercano a tomar un café; las fotos iban y venían; me llamó la atención la taza en que nos sirvieron el café y no resistí la tentación de fotografiarla. Cual sería nuestra sorpresa que antes de la media hora, nuestro lanchón estaba lleno de pasajeros y nosotros aún pagando la cuenta. Corrimos, nos instalamos y después de 7 horas, llegamos al final del principio.


HOTEL Y CAFETERÍA EN SAN ANTONIO PALOPÓ
SAN ANTONIO PALOPÓ DESDE EL LANCHÓN

Había quedado en recogernos el chofer del microbús, y para variar, el señor no estaba. Fuí por primera vez al Sunset Café, un lugar que desde afuera no dice nada de lo acogedor que es por dentro: lleno de mesas pequeñas, plantas, árboles que crecen en medio de sus lozas y una terraza viendo al lago. Y al frente, el sol oculto entre las nubes haciéndose de rogar por la belleza que significa su pequeño adiós y la bienvenida a su amada en el eclipse.
EN CAFETERÍA Y RESTAURANTE SUNSET EN PANAJACHEL

YO EN CAFETERÍA SUNSET MIENTRAS ESPERO EL ALMUERZO

Al terminar, tomamos un tuc tuc (transporte de tres ruedas, muy barato) y nos dirigimos al parqueo del embarcadero donde habíamos dejado el carro. Llegamos al “Gran Jaguar del Lago” como a las 6.00 p.m. y luego de un reconfortante baño, nos dispusimos a ver otra película: "Psicópata Americano". Luego de una respectiva pausa, nos fuimos a preparar la cena para la noche, comimos en la cama, terminamos de ver la película y como un ejercicio planificado, recordamos que la felicidad vivía con nosotros.


19 de septiembre

Por fin nos levantamos tarde. Doña Lucía nos invitó a tomar el desayuno a las 8.30 a.m.: tres claras de huevo sin yema, frijoles, tortillas y una taza de té. Los huevos sin yema son parte de una dieta que no pretendo aburrirlos con ella, pero a pesar de tanto esfuerzo, tanto placer me regaló la galanura.


La belleza nos golpeaba la mirada, así que nos dispusimos a registrarla en la cámara sabiendo que la fotografía sólo nos recuerda la imagen, pero jamás el olor a tierra mojada, el sabor del aire en los pulmones y el silencio natural bañándonos de dicha, era tanta, que rebalsaba nuestra imaginación. En este blog, sólo les puedo regalar las fotografías.


GUILLERMO MEDITANDO
DOÑA LUCÍA HACIÉNDONOS EL DESAYUNO

Esa mañana empecé a escribir las memorias de este blog. No me quiero llevar los laureles, ya que Guillermo me dictó y yo escribí. Yo sólo soy su memoria y su inspiración.

GUILLERMO DICTÁNDOME
YO ESCRIBIENDO

Me olvidé contar que en el trayecto Guatemala-Sololá, recibí una considerable cantidad de llamadas felicitándome por mi cumpleaños: mi hermano desde El Salvador, Florence y Jorge de Miami, un mensaje por correo de voz de Sandra Ramírez; mi gran amiga Kay, mi prima Silvia, Luz María, María Alicia, en un mensaje de correo, Luis Felipe; ya me habían llamado mis hijos, Toyita, Susi, Pedro Miguel, un regalo de rosas de Hilda mi secretaria, Carlos, correos: de Pato (yerno), de Elsa desde El Salvador, de Guido, de Rebeca Galindo. La tarde anterior, había celebrado con Luisfe y Verónica, en una pequeña y simple refacción en mi apartamento.



A las 11.50 a.m., Doña Lucía nos informó que nuestra lancha estaba lista en el muelle. Habíamos reservado el día anterior un paseo a Villa Sumaya y La Casa del Mundo, ambos ubicados en el pueblo de Santa Cruz.




Nos dirigimos primero a Villa Sumaya, con la intención de tomar un café e ir a almorzar a la Casa del Mundo, pero al nada más bajar del lanchón, un mundo nuevo de sensaciones se abrió ante mi imaginario: el silencio se imponía ante la inmensidad; era tal, que el lugar parecía vacío y al mismo tiempo, lleno de energía y paz. Descubrimos a dos personas meditando en una piscina: recorrimos sus bellos lugares como en un laberinto guiado; el sonido de una flauta nos llevó a otro paraíso donde un hombre viejo parecido a Efraín Recinos nos regalaba sonidos capaces de domar a la bestia más fiera, como tal parecía que el lago danzaba relajado al ritmo de estas notas. Llegamos a una tienda de artesanías finas, me probé algunos anillos de plata y le pregunté a alguien que parecía ser la dueña o administradora del lugar, donde podríamos tomar un café. Ella nos guió hacia el restaurante, mientras la curiosidad me llevaba hacia un bello paraje donde estaban ubicadas las habitaciones. Me cansé de tomar fotos y cuando nos llevaron el menú decidimos almorzar ahí. Sin saber que no iba preparada para una experiencia tan sublime: sonó una campana y el comedor con una espectacular vista hacia el lago, se fue llenando de hombres y mujeres que comían en total silencio. No volví a escuchar una sola palabra casi en una hora. A pesar de que hago yoga, medito de vez en cuando y tengo muchos años de leer sobre la física cuántica y el esoterismo, no pude conectarme en este campo energético. Pero eso sí, me sentía en medio de una película llena de lamas, bodhisatvas, yoghis, y como niña curiosa, me inquietaba tanta paz en contraste con tantos nervios míos. Me llamó poderosamente la atención, una mariposa que conversaba con un hombre y una flor que le contaba sus íntimos secretos a una mujer. También darme cuenta de que Guillermo me silenciaba con la mirada y que entró en una profunda meditación sin esfuerzo alguno.


Fuí a investigar con el administrador y me contó que a este lugar vienen retiros preparados desde E.E.U.U. con diferentes temáticas, también dan talleres de masajes, de yoga, de meditación y todas las disciplinas acordes a la superación y a la elevación de la conciencia.


El estómago me aleteaba al ir descubriendo un amplio salón iluminado, diseñado para el yoga y la meditación; un pequeño espacio que funcionaba como sala de masajes y cada ambiente, cada árbol, cada hoja, parecía ser parte mía como yo de ellos.


LE TOMÉ ESTA FOTO AL SEÑOR DE LA FLAUTA
SALÓN DE YOGA Y MEDITACIÓN
POSTERIOR AL ALMUERZO, GUILLERMO QUEDÓ EMBRIAGADO CON EL SILENCIO DE SU PROPIA MEDITACIÓN.


Al sólo tocar la lancha, sentí como toda la energía cambiaba, regresaba al mundo material con la promesa de volver algún día, para regalarle a mi alma unas gotas de silencio.


Llegamos a La Casa del Mundo, otro hermoso hotel a la orilla del lago, con un ambiente mas turístico, más mundano, pero no por ello menos bello. Permanecimos unos minutos, tomamos fotografías, otra taza de café, y de regreso al refugio.


EN LA CASA DEL MUNDO
LA CASA DEL MUNDO DESDE EL LANCHÓN
NUESTRO REFUGIO (COMEDOR Y COCINA)

Con la vista perdida en el horizonte, sabía que teníamos dos opciones: volver al jacuzzi o tomar una siesta. Unas pequeñas lágrimas de la virgen (dicen que cuando llueve, la virgen llora) sobre la palma de mi mano me llevaron sin pensarlo a tomar una larga y reconfortante siesta, de no haber sido porque mi estómago es un reloj, hubiera seguido hasta el día siguiente. Tomamos una cena discreta, un corto baño y me acomodé la ropa de dormir para ver otra película: "Jerry Maguire". Quiero pedirle una disculpa pública al señor Tom Cruise, no es que la película no me haya gustado, es que era tanta la emoción del viaje, que me quedé dormida.


20 de septiembre

Sostengo que la felicidad no puede ser un estado perenne, creo que explotaríamos de tanta dicha, el final se acercaba y tratando de robarle hasta el último instante a la vida, desperté con el lago entregándoseme para que lo llevara a casa en las alforjas de mis recuerdos.


A las 8.00 a.m. en punto, me dispuse a degustar los sin yema con una tasa de té, tortillas y frijoles: y como otro de mis grandes placeres es escribir, saqué la lap top, revisé mi correo, entré a leer los comentarios en mis blogs y reinicié esta bitácora.


¡No tienen idea lo que es escribir en el paraíso! Las flores dictan las palabras, los árboles las metáforas y el lago la poesía.


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CANAL DE LA MANCHA Y PARÍS: 26, 27, 28 de marzo 2001



Venimos de Londres y pasamos a Francia por El Canal de la Mancha, vía tren. El tren es una obra arquitectónica majestuosa que data del año 2,000. El túnel para atravesar el Canal es de 51 Kms. y la duración para pasar al otro lado es de 20 minutos.

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PRAGA: 2 , 3 ABRIL 2001

2 de abril

El paso de la frontera entre Alemania y la República Checa fue de más de dos horas. Los pasaportes nos lo revisaron dos agentes alemanes y luego un policía checo se los llevó para que lo revisaran con mayor detenimiento. Nos hicieron pasar los piés por unas alfombras con desinfectante para evitar la fiebre aftosa. El camino fue bellísimo, alternando grandes planicies con pueblecitos en lontananza o a las orillas del lado de la repu. checa, un camino ondulante alternando planicies con cerritos. En lugares altos se veían residuos de nieve y muchos ríos a la orilla del camino. Entramos a Praga con retraso según el itinerario del tour; vimos la puesta del sol desde el bus.

3 de abril

Praga es una ciudad mágica, bella y sublime por excelencia. Hicimos un tour que nos llevó a la parte central de la ciudad en autobús y el resto del recorrido fue a pié. Praga está asentada al igual que Roma, sobre siete colinas, de manera que su terreno no es plano y la ciudad obedece caprichosamente a su topografía. Se descubren muchos rincones bellos a cada paso dado y es difícil decidir qué ver y dónde estar. Sería ideal contar con más tiempo.

Visitamos iglesias, monumentos célebres, pozos de agua que se han acorralado bellamente para evitar el envenenamiento de sus aguas límpidas; el Santuario de la Basílica del Niño de Praga -Iglesia Nuestra Señora de la Victoria- donde compramos algunos souvenirs:
Este niño que está en un altar importante de la iglesia, tiene más de 100 trajes y es muy venerado por la población católica de Praga.

Todo queda relativamente cerca, por tanto, caminar Praga a pié no representa problema alguno. Llegamos a la calle donde en la época medieval vivieron los más prestigiosos alquimistas. Ahí mismo está la casa donde nació y vivió Franz Kafka.

A unos cuantos pasos del Puente Carlos, en Malá Strana, fue inaugurada en 2005 esta exhibición permanente dedicada a Franz Kafka, uno de los escritores más influyentes del siglo XX.

MUSEO FRANZ KAFKA

CALLE DONDE NACIÓ Y VIVIÓ KAFKA

El famoso puente Carlos -en honor al Rey Carlos IV que fue el más prominente de su época- con su bello río Maldova pasando por debajo. El puente hermosísimo, lleno de estatuas, muchos artistas alrededor y a las orillas del puente, vendiendo sus pinturas, pintando, músicos tocando diversos instrumentos para ganarse la vida con propinas.

El Puente de Carlos es el más antiguo de Praga. Se levanta en el mismo lugar en el que se encontraba el Puente de Judit que fue destruido en 1342 por unas inundaciones. Fue entonces cuando el rey Carlos IV encargó construir un puente de piedra más consistente. Sus más de 515 metros de largo y casi diez de ancho unen las dos orillas del Moldava entre los barrios de la Ciudad Vieja (Staré Město) y Malá Strana (que podría traducirse como barrio pequeño).

El puente fue concebido sin su ostentosa decoración actual. Las esculturas fueron añadidas más adelante, entre 1683 y 1714, emulando el estilo del Puente de Sant'Angelo en Roma. Como casi cualquier rincón de nuestra vieja Europa, sus muros esconden incontables leyendas que se entrelazan con la historia real. Sobre su construcción cuentan que se mezclaron huevos con el mortero que une los bloques de piedra que forman sus 16 arcos para hacerlos más resistentes.

Pero sin duda la leyenda más conocida corresponde a la muerte del vicario general de Praga: Juan Nepomuceno fue torturado y arrojado al agua desde el Puente de Carlos en 1393 por orden del rey Wenceslao de Luxemburgo. Los motivos de esta ejecución fueron las habituales de la época, una mezcla de intrigas de carácter religioso y luchas de poder territorial.

Para completar el mito el jesuita Balbín publicó una biografía, casi 200 años después de estos hechos, carente de cualquier tipo de rigor histórico en el que presentaba a Juan Nepomuceno como un mártir de connotaciones patriotas. El resultado de todo este "marketing" de la época fue su beatificación en 1721 y su posterior canonización en 1729 por el papa Benedicto XIII. Su tumba se encuentra en la Catedral de San Vito, dentro del recinto del Castillo, y su estatua es la más visitada del Puente de Carlos. El ritual que realizan a diario miles de turistas, que consiste en pasar la mano por el relieve que representa el momento del lanzamiento del cuerpo de Nepomuceno, ha hecho que esa escena esté más reluciente y pulida que el resto de la escultura. Algunos además tocan la figura de un perro que está en otro relieve situado en el lado izquierdo. Pero esta tradición es una invención más o menos reciente unida posiblemente al enorme incremento de la actividad turística que vivió Praga tras la Revolución de Terciopelo.

El puente oculta un lugar menos visitado y con mayor simbolismo que es el punto desde el que se dice que fue arrojado el Santo. Este lugar está marcado por una cruz rematada por cinco estrellas que se encuentra varios metros antes de llegar a la escultura de Nepomuceno, entre la estatua de San Juan Bautista y el conjunto de estatuas de San Norberto, Wenceslao y Segismundo. Según cuenta esta vez la leyenda local, el Santo concede un deseo si colocas una mano de tal forma que cada dedo toque una de las estrellas, con la otra mano se toca una especie de botón dorado situado más abajo a la derecha y con el pie se pisa otro punto dorado que se encuentra en el suelo. Por último señalar que se pueden realizar paseos en barca que recorren un corto y pintoresco trayecto que pasa por este riachuelo y bajo el puente. Las barquitas son conducidas por unos marineritos vestidos con el típico traje blanco y se pueden contratar en cualquiera de los extremos del puente.

El Puente Carlos debe su majestuosidad especialmente a las treinta estatuas y conjuntos escultóricos que lo flanquean y que fueron colocadas alrededor del año 1700. Las que se ven actualmente son copias de las originales, que se conservan en el Lapidarium para protegerlas del deterioro. Durante mucho tiempo el Puente Carlos proporcionaba la única forma de cruzar el río Moldava y para su mantenimiento se cobraba peaje. Fue escenario de cruentos hechos históricos; las cabezas de 27 rebeldes, ejecutados luego de la Batalla de la Montaña Blanca en 1621, acabaron expuestas en el puente a modo de ejemplo.

A partir de 1870 pasó a llamarse oficialmente Puente Carlos y comenzó a circular la primera línea de transporte público que luego sería reemplazada por el tranvía tirado por caballos, el tranvía eléctrico y autobuses sucesivamente. Entre 1965 y 1978 se realizaron extensos trabajos de mantenimiento y se decidió prohibir el tránsito vehicular sobre el puente, reservado desde entonces para uso peatonal. Otra cosa inusual es la utilización de yemas de huevo en la mezcla utilizada para unir los bloques de piedra, al parecer con el fin de hacerla más fuerte. Esto que al principio sonaba a leyenda finalmente fue comprobado con exámenes de laboratorio.

Uno de los edificios más vistosos del complejo formado por el Castillo de Praga es la Basílica de San Jorge. La iglesia destaca por sus vivos colores aunque en su interior es bastante más austera. Fue construida en el siglo décimo y es de estilo romano, con algunos toques barrocos en su interior. A la izquierda de la Basílica está el Convento de San Jorge, el cual fue el primer convento de la región de Bohemia, fundado en el 973. Ya lleva más de doscientos años cerrado y reconvertido, primero en barracones para el ejército y ahora en uno de los edificios de la Galería Nacional de Arte.



CARLOS EN EL CASTILLO DE PRAGA

Visitamos la Plaza de la ciudad Vieja donde se encuentra el famoso reloj de la torre del ayuntamiento. Fuimos conducidos por una guía muy competente. La guía nos mostró dos de los más prestigiosos y confiables comercios para comprar joyas de granate y cristal de bohemia. Nos recomendó un restaurante magnífico para almorzar: bueno, bonito y barato.

En el tiempo libre, nos ofrecieron en una de las calles más frecuentadas por los turistas (La Plaza Ciudad Vieja) tíckets para asistir a conciertos de música clásica que tendrían lugar en diferentes puntos de la ciudad, generalmente en iglesias. Logramos comprar para un concierto de gala con soprano, órgano, violín y harpa. Previo al recital, subimos a la torre del reloj y la vista era imponente: Praga en los cuatro puntos cardinales. Estuvimos como una hora y pico en este lugar donde me sentí flotar en los cielos (literalmente).

VISTA AL CENTRO DE PRAGA DESDE LA TORRE DEL RELOJ

A las 4.30 nos condujimos a la Librería donde se llevaría a cabo el recital: Un salón grande con sillas puestas enfrente de una tarima muy sencilla. El recital fue más allá de lo que esperaba: casi toda la música la conocía: Bach, Mozart, Hândel, Vivaldi, Albinoni, Tchaikovski, Dvorak, Saint-Sâenz, Mascagni, etc... Volví a sentirme en el cielo y recuerdo que al escuchar a la soprano y a los acompañantes, se me saltaron las lágrimas de la emoción.

PROGRAMA DE MANO


De regreso al hotel, nos costó mucho encontrar el punto de retorno: lo hicimos en el metro y nos perdimos un poco, ya que fue nuestra primera vez en Europa usando el metro como recurso de transporte. Nos costó mucho dejar esta ciudad. La visita fue demasiado breve, apenas un día con una noche. Para mí fue abandonar la magia de una ciudad que ofrece de todo: cultura, belleza, historia. No sólo lo viví con la mente, sino con el corazón y los sentidos a flor de piel. Praga es: "La pequeña París del Este".

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BREVE HISTORIA DEL MUSEO AXEL MUNTHE O VILLA SAN MICHELLE EN CAPRI

Villa San Michele en Anacapri, fue el hogar de un médico suizo, Axel Munthe. Construída en las ruinas de una vieja capilla dedicada a San Miguel, la villa ahora pertenece a la Fundación Axel Munthe y ha sido transformada en Museo. El doctor arribó a Capri en 1885.

La construcción consta de varios niveles. En ella se utilizaron muchos objetos encontrados por Munthe en Capri y algunos otros, donados por amigos.

Hay fragmentos de sarcófagos, bustos y esculturas romanas, columnas de marfil que pueden ser observadas en el jardìn, una tumba griegra, la esfinge de granito que da a la isla de Capri:

Era todavía un joven médico Axel Munthe cuando decidió realizar sus propios sueños y ambiciones estableciéndose en una casa de Anacapri que más tarde se hizo famosa en todo el mundo gracias al libro "La Storia di San Michele".

Fue por su trabajo de escritor que Munthe llegó a ser famoso; ganó reconocimiento por ser un hombre de arte y cultura, así como un filántropo que puso un gran amor por los animales.


Munthe cultivó varios intereses y fue a menudo un precursor. Aún habiendo nacido y fallecido en Suecia, su personalidad fue en cualquier caso de alcance internacional. De hecho transcurrió gran parte de su vida en el extranjero y su obra pertenece a toda la humanidad. Lo demuestran, por ejemplo, las 45 traducciones de "La Storia di San Michele" y el ininterrumpido flujo de visitantes de la Villa San Michele.

A excepción de breves intervalos, Axel Munthe vivió en Capri más de 56 años. Su amor por la amena isla situada en el golfo de Nápoles coincidió con la consolidación de la fama de este lugar de vacaciones escogido por personalidades destacadas procedentes de todo el mundo. Dividió su pasión por la música, la naturaleza y los animales con la reina Victoria de Suecia que por motivos de salud pasó en Capri largas temporadas.

Con el fin de proteger los pájaros migratorios de Capri, que en aquella época corrían peligro de exterminio a causa de una caza indiscriminada, Axel Munthe decidió adquirir el terreno de el Monte Barbarossa con el fin de ofrecer a los pájaros migratorios una zona protegida, de hecho, sostenía que Capri suponía un concierto para los amantes de los pájaros. La música, por lo demás, fue el tema de muchas noches pasadas en compañía de la reina de Suecia que acompañaba con el piano la bella voz de barítono de Axel Munthe, que también sabía tocar el violín y el piano.


Axel Munthe, médico, arqueólogo, escritor, músico, naturalista, viajero incansable y filántropo. Su cuerpo descansa para siempre en su fría Suecia natal, pero su alma revolotea sobre el manto verde y gris de su amada Isola di Capri. Allí quedó para siempre.

CAPRI: 12 DE ABRIL 2001

Su superficie supera apenas los 10 kilómetros cuadrados, en ella se destacan imponentes acantilados, dos macizos (el Monte Tiberio y el Monte Solaro), hermosas arboledas y las azules aguas del Mediterráneo.

Para los que no conocen la isla se llega abordando un ferry en el puerto de Nápoles con destino al puerto de Marina Grande, y es la única forma que tiene el turista de llegar a este lugar exclusivo y lujoso que vale la pena conocer.



Compramos los boletos sin pensarlo ni dos veces. Entramos al vaporetto tomados de la mano, alimentados de nuestros mutuos sueños. El que se decía ser barco era como una galera amplia de un solo piso, donde el tumulto y las voces extranjeras se escuchaban por los largos pasillos. Arriba tenía una escotilla para quienes preferían ver y sentir el oleaje del mar y la brisa casi encima de la cara.

Nos sentamos en una banca a la orilla de un ventanal. Junto a nosotros, una mujer rubia, joven, de buen aspecto, nos sonreía con ojos de complicidad. Invitada por su sonrisa, le pregunté de dónde era y ella, en un idioma ininteligible, contestó algo que no entendí. El día lucía radiante; los tibios rayos del sol se filtraban a través del enorme ventanal y Capri, -a pesar de su cercanía- aún no se distinguía desde nuestros asientos.

Antes de hacer el viaje, mi madre nos había puesto en antecedentes sobre la belleza de sus paisajes y nos habló de la gruta azul, donde las barquitas de remos entran y salen en justa sincronía con las altas y bajas del mar. “Es como de ensueño“ ─habían sido sus palabras─ “por nada del mundo se lo pierdan”. Esto había sido un mes atrás y ahí estábamos: escuchando el estrépito de las amarras cuando el pequeño barco fue liberado del muelle. Rápidamente estábamos alejándonos de las costas de Nápoles. Cada paisaje, cada curva y cada línea, iba disminuyendo de tamaño y el mar iba quedando como único horizonte visible.

En cuestión de minutos y como por arte de magia, la luz del sol se ocultó y en su lugar, unas nubes negras acompañadas de un fuerte ventarrón asomaron a la superficie. Las olas del mar que hacía un instante lucían quietas, aumentaron intempestivamente de tamaño. El ruido del vaporetto chocando contra las olas se hizo estrepitoso y ya no era posible sostener una plática sin tener que gritar o acercar el oído a la boca del que hablaba.

La pequeña barcaza comenzó a mecerse al compás del viento. Carlos y yo hacíamos esfuerzos por entendernos con la rubia de al lado, pero pronto me di cuenta de que una de sus frases quedó suspendida en el aire. Volteé la vista hacia el lado derecho y ví que mi marido estaba tan blanco como la espuma que vomitaba el mar. El corazón comenzó a latirme descompasadamente. Carlos padecía de mareos y yo siempre le tuve miedo a los lugares encerrados: era una fobia de la infancia, de esas que no se saben en qué momento se forman. Y ahora este viaje se presentaba como una dulce promesa, con un billete de pago por adelantado, pero con el terror como única condición.

Carlos se levantó y se agarró como pudo a una columna gruesa frente a nuestros asientos. Tomó la pilastra como si de eso dependiera su vida; su respiración era rápida, agitada, y su cara reflejaba no solo malestar, sino los signos evidentes de quien muy pronto, iba -como el mar- a vomitar el desayuno ante las miradas perplejas y curiosas de todos los pasajeros: decenas de ojos curiosos estaban clavados en él, sobre todo, porque era el único que se había levantado. Más aún, porque se soltó de la pilastra y empezó -en un intento de calmar su mareo- a resoplar fuertemente, haciendo respiraciones de yoga e iniciando un ritual de movimientos de jalar y meter el aire utilizando manos y brazos. En cada movimiento del barco, parecía que Carlos caería de bruces al suelo. Al verlo, sólo podía ocuparme del fardo de mi propio temor. Yo estaba muy asustada y para aligerar mi desazón, traté de distraerme mirando hacia la ventana. El corazón aún me latía y sabía que si no hacía algo, podía llegar a sentir terror. No se veía nada: todo estaba gris, oscuro, vacío. Debajo de esa pequeña barca, había un mar furioso que nos atacaba por todos los flancos. No sé ni de dónde saqué la fuerza necesaria para charlar con mi vecina de al lado, en un idioma que nunca había practicado. Entre gritos -que me daban cierta calma porque ahí sacaba todo mi miedo- y en un chapuceado italiano le pregunté de dónde era, a qué se dedicaba y qué hacía tan sola y lejos de su familia. La incomprensión la completamos a señas, con una sonrisa medio forzada por ambas partes. Ahí descubrí que la necesidad nos hace capaces de mover hasta montañas.

De los cuarenta minutos de ruta Nápoles-Capri, hicimos una hora. Bajé con Carlos otra vez de la mano, con un mareo que nos hacía tambalearnos de lado. El sol apareció no más tocamos la isla, la cara de Carlos volvió a su color natural y después de superados los inconvenientes, fue uno de los días más gloriosos de nuestro viaje a Italia.

Lo primero que hicimos al llegar fue montarnos en un microbus e irnos a un restaurante que quedaba en una cima, desde donde se podía ver una de las vistas más exquisitas de la isla.

El día estuvo muy lluvioso, por lo que no pudimos ir a la gruta azul, una de las excursiones más bellas de Capri. En sustitución, después de almorzar nos fuimos caminando entre calles estrechas, lujosos hotels, cafés, tiendas finas y luego llegamos a un jardín con vistas espectaculares al mar.

Por un funicular llegamos a la parte baja de Capri, tomamos otra vez el vaporetto y sin ninguna novedad, hicimos el viaje de retorno.


Otro de los lugares que vale la pena conocer cuando uno esta en la isla es Anacapri, una localidad ubicada en la montaña. Desde ella se puede llegar en aerosilla hasta la cumbre del Monte Solaro (el punto más alto de la Isla).
Carlos y yo en Anacapri
A las dos piedras que se encuentran atrás, dentro del mar, les llaman "Los faraglioni", escollos rocosos separados de la isla.

Una foto de los Jardines Tiberianos

"La piazzeta", lugar de reunión de los turistas. Muchos cafés alrededor.

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