BIOTOPO DEL QUETZAL Y COBÁN, 1 NOV. 2003


Hacía mucho tiempo que venía experimentando el deseo de conocer más el interior del país. Las oportunidades no se habían presentado, pero casualmente, salió en el periódico un anuncio de una página completa, donde se promocionaban unos viajes a través del Inguat.

La noche anterior pusimos –supuestamente− el despertador para las 4 y 45 a.m. El autobús salía a las 6a.m. y se nos había advertido de la puntualidad de la partida. Sin embargo, la alarma no sonó y a última hora –5 y 21− Carlos me estaba despertando y yo entre sueños –ya que todo el ambiente estaba oscuro− me preguntaba qué hacía Carlos a esas horas de la noche, hablándome en susurros.

Logramos llegar a tiempo. Muy pronto, el autobús estaba totalmente lleno y más o menos a las 6 y 10 a.m. el viaje comenzó.

Atravesamos la ciudad hacia el norte, pasando por la zona 1, la zona 2, la zona 6 y la zona 17. Como aún estábamos somnolientos, pronto nos quedamos dormidos. Paramos a las 8 y 20 a.m. a un desayunador que queda en El Progreso. No era nada bonito, en realidad una especie de carpa rústica habilitado con mesas y sillas, sanitarios y la cocina enfrente. Llevábamos algunas provisiones compradas del día anterior en el supermercado, por aquello de que el hambre nos tomara de sorpresa. Fue un buen momento para sacar nuestra comida ya que a mí al menos, aquel lugar no me instaba a pedir mayor cosa, a lo sumo, unos frijolitos con tortillas. Se nos unió el guía del viaje y su plática, si bien interesante, ya que manejaba mucho conocimiento, me pareció aburrida. Poco a poco me fui despertando del letargo en que el sueño me tenía metida.

El recorrido fue largo. Hubo partes del camino que ya las conocía, porque en otra época de mi vida, solía ir mucho a Puerto Barrios. De manera que recordé el paso del río Motagua con sus lindos paisajes rodeados de montañas. La imaginación comenzó a correr dentro de mí y el tiempo –a solas con mis pensamientos− se me hizo corto.


Yo en mitad de la selva, recorriendo el Biotopo

Llegamos al Biotopo más o menos como a las 10 y 20 a.m. Se nos explicó la manera en que descubriríamos el lugar, se nos pidió silencio en el recorrido a pie por una hora, haciendo alusión –muy pertinente− al hecho de que los pájaros solían esconderse ante el bullicio y que era más propio de ellos salir y mostrarse en el silencio. Después de oir las explicaciones sobre cómo las orquídeas, los musgos y los helechos se producían de una manera natural en este lugar, proseguimos a ver un pequeño museo donde habían muestras de la vegetación, una maqueta del lugar y un quetzal disecado. Se nos indicó que generalmente era húmedo, que había gran cantidad de agua, con ríos, cascadas y que el clima era lluvioso en su mayoría. Del quetzal, −tan cotizado y digno de verse, no sólo por su belleza sino por lo infrecuente de sus visitas, nos explicaron que era casi imposible verlo a estas horas. En realidad quienes han ido me han contado que jamás se ve, sin embargo, este es su hábitat natural.

Carlos en una de las fuentes de agua cuando hacíamos la travesía por el bosque.

Fuimos pasando por un paisaje frondoso, verde, tropical, húmedo, cerrado, con líquenes, musgos, arbustos. El sonido del agua se escuchaba aun sin verse en algunos trechos; había ranchitos con bancas de madera a cada trecho para aquél que no pudiera seguir a buen ritmo y que la fatiga lo sorprendiera en medio de la marcha, sin embargo, ninguno de nosotros se dio por vencido: todos parecíamos ansiosos por hacerlo en el menor tiempo posible.


Pronto divisamos el primer riachuelo con su respectiva caída de agua.

Carlos sobre la marcha
Terminanos la travesía en más de una hora. Conocimos a uno de nuestros compañeros de excursión, un señor mayor que siempre caminó a paso firme y buen ritmo , sopresivamente, llegó a la meta antes que nosotros. Como las circunstancias lo propiciaron, entablamos una conversación muy agradable con él. No dejé de maravillarme con un señor que a su edad, aun tuviera el entusiasmo de hacer este tipo de viajes.

Líquenes propios del bosque

El bosque lleno de neblina


Líquenes, árboles, orquídeas, gallitos, arbustos






Salimos luego rumbo a Cobán. Tenía años de ansiar conocer esta ciudad. El viaje duró menos de una hora. Estábamos fatigados por la caminata, pero el entusiasmo aun se hacía sentir.

Por fin llegamos a Cobán. El autobús se parqueó a unas cuantas cuadras de la Iglesia El Calvario –punto de atracción turístico−. Las gradas que se veían desde el frente –unidas a la fatiga− daban lugar a ahuyentar toda posibilidad de seguir adelante, pero no habiendo otra cosa mejor que hacer, decidimos con Carlos hacerle frente y sacar todas las ventajas del viaje. Eran más o menos 165 gradas que subimos a un ritmo lento.

Las 165 gradas que llevan al Calvario

Habían tres altares en medio de la travesía: el de San Salvador que era para pedir por cuestiones de amor, el Tigrillo que era el del autoconocimiento y por último, el altor mayor. La Iglesia era común, quizá el Cristo –hecho por Quirio Cataño, el mismo que diseñó el famoso Cristo Negro de Esquipulas− era parte del atractivo y el ver desde la cima del cerro, toda la ciudad de Cobán en toda su extensión.


Calle en Cobán

A la salida de aquí, muertos del hambre, nos llevaron al Parque Central. Ahí es donde están a su alrededor la mayoría de restaurantes. Preguntamos dónde se orientaban los restaurantes más ricos y nos dijeron que hacia el norte. Queríamos en realidad ir a conocer el hotel principal de la ciudad ya que nos habían dicho que era hermoso. Lo teníamos frente a nosotros: decidimos entrar a conocerlo y lo que vimos nos dejó satisfechos: un jardín frente a los dormitorios que invitaba a la reflexión, a la meditación, a la búsqueda interna y a la lectura. Tomamos varios fotos y luego nos dispusimos entrar al comedor principal.


Calle empinada de Cobán

Ya instalados en el comedor, pedimos un sencillo plato casero, algo que nos mitigara el hambre y que nos dispusiera a continuar con el viaje y si era preciso, con el ejercicio; nos llevaron los platos y nos dimos cuenta de que el tamaño era inmenso y de que el precio era bajo para lo que nos ofrecían.

El paseo llegó a su fin y nos juntamos con el resto del grupo frente al parque a las 3.30 p.m. Salimos del hotel-restaurante complacidos y con muchas ganas de descansar. En mi caso, sentía que había comido mucho, el sueño se apoderó de mí y lo único que deseé fue rescostarme en el asiento y dormir. Eso hice no más entrar al bus y así se fue pasando el tiempo. A las 6 p.m. bajamos nuevamente a un restaurante por si alguien quería tomar un café. Volvimos a comer algo: un té, un refresco, un helado. Comimos a más no poder, para mí demasiado, pero era el placer de lo inesperado, de lo que no se hace a diario, de la aventura de lo nuevo.

A las 8 y 20 p.m. volvimos a Guatemala, con el estómago lleno y los ánimos arriba, aunque el cuerpo nos pidiera aun más sueño.

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4 Response to "BIOTOPO DEL QUETZAL Y COBÁN, 1 NOV. 2003"

  1. Agustin, on 12 de julio de 2009, 7:45 said:
    Este comentario ha sido eliminado por el autor.
  2. Agustin, on 12 de julio de 2009, 7:47 said:

    Hermoso lugar Cobán, hace algunos años visite Guatemala, y me estuve en una finca de un gran amigo en el area de Cobán (Estuve en diferentes ciudades en Guate porque senti que tenia que ver mas). Que verde que es Guatemala! maneje en todos mis trayectos, pero la ruta que mas me gusto fue la de Ciudad de Guatemala a Tikal, cruzando una parte de ese pais tan bello. Encantado con tu descripción en esta bitacora tuya.

    Te envio muchos saludos

    Agustín

  3. Agustin, on 12 de julio de 2009, 7:49 said:

    El unico Quetzal que pude ver, estaba grabado en monedas.......:O( ...

    Mas saludos...

  4. Sergio, on 29 de julio de 2009, 11:22 said:

    Shanty hermosas fotos y bellos lugares.

    Te comento aquí porque en “Desde mi interior” no pude.

    Saludos